¡Por fin nos vemos!

Echaba de menos el teclear, el ir con la hora pegada al culo, el programar la newsletter, el retomar las cosas serias riéndonos y el publicar, y publicar, y publicar. El septiembre es el nuevo enero. De siempre. No es nada nuevo. Y como cada semestre nos echamos las manos a la cabeza porque nos hemos apuntado a muchas formaciones pero no hemos implementado ni la mitad de cosas que hemos aprendido o porque no hemos hecho casi nada de lo que queríamos para avanzar.

¿Por qué me ocurre esto?

Toda esta acumulación de conocimientos esperando en la bandeja de entrada para ser abiertos ocurre por:
  • Síndrome del cursillista de pro: te embarcas en muchas cosas por la necesidad de saber y saber más, da igual que sea un curso de Facebook Ads o un taller de física cuántica aplicada a la tarta de zanahoria estilo boho chic. El caso es que no podemos evitar abrir pay pal, igual que un diógenes no puede desprenderse de esos papeles que llevan siglos acompañándole.
  • Síndrome del impostor: trampa doble. Creemos que no somos lo suficiente y por eso nos formamos y formamos o empezamos un millón de cosas porque siempre nos falta algo.

Armas publicitarias. Eso qué es. ¿Risto Mejide cargado de munición como en Narcos? ¿El calvo de la lotería cambiando bola de Navidad por granada explosiva? A ver, a ver, un poco de orden que nos despistamos. Una cosa es que la publicidad sea, para muchos, la niña repelente...

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